domingo, 8 de octubre de 2017

La Paradoja Sexual

El caso Damore ha vuelto a poner sobre la mesa el tema de los hombres, las mujeres, el trabajo y la igualdad de preferencias e intereses de unos y otros. Hay un libro que trató este asunto hace casi diez años y que dice cosas muy interesantes pero que son cosas que muchas feministas no quieren oír y por ello no ha tenido mucha repercusión: La Paradoja Sexual, de Susan Pinker. 

La tesis central del libro es que, según el feminismo, el hombre es el estándar y la mujer es una variación de ese modelo con añadidos por aquí y por allá. Se supone que no debe haber diferencias de ningún tipo entre los dos sexos y si las hay tienen que ser por discriminación y por barreras. Los hombres son el modelo a imitar y sólo habrá igualdad cuando las mujeres elijan lo mismo que los hombres. La paradoja es que, aunque se están eliminando las barreras, las mujeres (las que tienen más talento y libertad de elección) no están eligiendo lo mismo que los hombres y no se están comportando como clones de los hombres. Lo que Pinker hace en el libro es estudiar la ciencia sobre las diferencias entre hombres y mujeres y hablar con las mujeres que están tomando las decisiones que no se esperan de ellas. También aborda otros temas en el libro, por ejemplo hace un seguimiento a hombres con autismo, dislexia o trastorno por déficit de atención -a algunos de los cuales ella misma atendió como psicóloga- y luego estudia cómo les ha ido en la vida, pero no voy a tratar esa parte.

El tema de las mujeres altamente cualificadas que abandonaban sus carreras por otros trabajos menos exigentes salió a la luz en EEUU en un artículo de Lisa Belkin en el New York Times en 2003 y creó bastante revuelo. Es 2,8 veces más frecuente que las mujeres dejen carreras de ciencia e ingeniería para pasar a otras ocupaciones que los hombres y 13 veces más probable que salgan del mercado laboral por completo. Y hay que tener en cuenta que las mujeres que se dedican a carreras de informática e ingeniería ganan un 30-50% más que las mujeres que eligen otras carreras. La explicación de que no hay roles de mujeres que sirvan de modelo en estas carreras no suena muy convincente porque tampoco los había en otras carreras como derecho, medicina, farmacia o veterinaria, que eran previamente disciplinas dominadas por hombres, y eso no ha impedido que las mujeres se metieran en ellas y sean mayoría ahora mismo. 

El problema actualmente no es que se les inculquen roles tradicionales a las mujeres sino más bien al contrario: que mujeres que prefieren carreras de humanidades están eligiendo ciencia para no decepcionar a los suyos. Pinker ha hablado con muchas de estas mujeres y la historia que ellas cuentan no es una historia de discriminación y de barreras. La mayoría de ellas eran mujeres con talento para las matemáticas y la ciencia y fueron animadas por sus familias y profesores a dedicarse a las ingenierías y ordenadores, cuando algunas de ellas tenían otras preferencias como enfermería. Y las mujeres que escogen carreras de ciencia las abandona el doble que los hombres. Lo que todas ellas tienen en común es que no quieren correr detrás del estatus y del dinero, que no quieren conquistar el mundo y que quieren tener una vida, que el trabajo es solo trabajo. Se suele distinguir entre objetivos intrínsecos y extrínsecos. Los extrínsecos son el poder y el dinero y los intrínsecos es trabajar en algo acorde con los intereses personales, trabajar en algo que tenga una función social, etc., y las mujeres se mueven más por recompensas intrínsecas. Y se está comprobando en todo el mundo que en los países en los que las mujeres tienen más opciones para elegir, hombres y mujeres no están eligiendo lo mismo.

Tomemos el mundo académico. Hablamos de trabajar 60 horas a la semana durante 40 años. Las mueres académicas son las que tienen la tasa más baja de fertilidad de todas las profesiones. Sólo una de cada tres mujeres que consigue una plaza fija de profesor universitario (tenure) antes de tener hijos llega a tenerlos. Las mujeres que son contratadas poco después de acabar el doctorado tienen un 50% menos probabilidades de casarse que los hombres y un 61% más de no tener hijos. Las que abandonan esta carrera lo hacen porque es incompatible con la vida familiar. Tener la capacidad de hacer un trabajo no quiere decir que la persona quiera hacerlo. Los intereses y las motivaciones cuentan. Las mujeres prefieren trabajar con personas y seres vivos y quieren ayudar a otras personas y quieren compatibilizar el trabajo con otros intereses como la estabilidad familiar y los amigos. Muchas mujeres derivan su felicidad y sentido del propio valor de más cosas que su carrera.

Tomemos la abogacía. Para que nos hagamos una idea en la abogacía norteamericana hay un dicho que es: “o duermes o ganas”. Es decir, en el mundo de las leyes no hay horas de trabajo, hay que estar disponía 24/7 para dar un servicio a los clientes y atender sus necesidades. Y si tu empresa no lo hace lo van a hacer los competidores. Pinker habla con una abogada que cobraba del orden de 800.000$ anuales  y que cambió de trabajo. Sus jefes estaban escandalizados y decepcionados como muchos jefes de mujeres en carreras de ciencias o en altos cargos. Cuenta el caso de otra mujer a la que le propusieron ser CEO de la empresa y no aceptó. Las empresas quieren tener más paridad en puestos altos y la presionaron pero ella no aceptó. Pero volviendo a las leyes. Las firmas de élite contratan más mujeres que hombres pero al de diez años sólo un 25% son mujeres. Abandonan un 60% más que los hombres. En Canadá un 60% de los estudiantes de derecho son mujeres pero luego sólo el 26% de los abogados en práctica privada son mujeres, y la cifra es similar en Reino Unido. Como dice una de las entrevistadas: “si estás seriamente interesada en una carrera no tienes tiempo par los niños y si estás interesada en criar más de un hijo no tienes el tiempo, ni el esfuerzo, ni la imaginación para llegar a la cima de la carrera”. La mitad de las mujeres en los niveles profesionales altos y de gestión no tienen hijos. Una mujer que ha llegado a la cima dice: “no hay manera de que lo hubiera podido conseguir si hubiera tenido hijos. La realidad es que los hijos son un proyecto de veinte años y la carrera es un proyecto de 20-40 años y son incompatibles”.

Pero hay una cosa absolutamente sintomática de cómo está nuestra sociedad y cuál es nuestro sistema de valores. Todas las mujeres que hablan con Pinker aparecen con pseudónimo en el libro…dicen cosas muy sensatas pero se tienen que esconder detrás del anonimato para decirlas y eso nos debería hacer reflexionar. Carolina (una de las abogadas) cuenta que salía de casa antes de que se levantara su hijo y volvía a casa después de las 18:00. Se sentía como los padres de los años 50 que tenían el tiempo justo de jugar 15 minutos con sus hijos antes de que estos se acostaran, y siente que se está perdiendo el peserollo de sus hijos y que no lo va a recuperar: “nadie me preguntó si quería ser el padre”, dice. Carolina cambió su trabajo por otro en el sistema público que le dejaba más tiempo libre para estar con sus hijos y también porque trabajaba en proyectos que reflejaban mejor sus valores. Hay estadísticas que reflejan que muchas abogadas migran a trabajos peor pagados pero mas relacionados con la justicia social. Hay datos de que las mujeres encuentran  los aspectos sociales de su trabajo más importantes que los hombres mientras que estos persiguen fundamentalmente el dinero. Se da así la paradoja de que en muchos países las mujeres ganan menos que los hombres pero están más satisfechas con sus trabajos (y hay datos de que cuanto más aumenta la igualdad menos felices son las mujeres). Las mujeres optan por trabajos menos extremos pero que ofrecen la oportunidad de tener un impacto social. 

Hay un aspecto que sí quiero comentar. El libro aporta toneladas de datos de que son las propias preferencias de las mujeres y no la discriminación (aunque pueda existir puntualmente) la causa de las diferente elecciones de hombres y mujeres. Entre otra pruebas, Pinker comenta la experiencia de los kibutz de Israel, de la que ya hemos hablado aquí. Pero ante estas pruebas se suele contestar que las elecciones de las mujeres no son libres, que se deben a un “lavado de cerebro”, a la educación y a la imposición de unos valores. Por un lado, el lavado de cerebro va ahora en la otra dirección, hay programas y libros en los colegios promocionando carreras de ciencias para las chicas. La National Science Foundation dedica 30 millones de dólares a programas educativos en ciencia , matemáticas y tecnología. A finales de los 90 el Congreso USA pasó una ley para investigar el tema de las mujeres en ciencia e ingenierías y universidades como Harvard dedican fondos de 50 millones de dólares y más a este mismo propósito. Hay que decir que no existe un esfuerzo parecido para ocuparse del fracaso escolar de los chicos, para igualar las licenciaturas y doctorados en la universidad que están ahora dominadas por las mujeres ni programas para que haya más hombres en enfermería, psicología o farmacia.

Aparte de esto, pensar que las mujeres no saben lo que quieren o que no tienen la capacidad de determinar su propio destino y que si no estuvieran cegadas por normas culturales elegirían trabajar 14 horas al día a pesar de tener hijos pequeños es una forma de infantilizar a las mujeres. El problema es que sólo una elección es la buena ¿y cuál es la opción buena? la que eligen los hombres, obviamente. ¿Y cuando serán libres las mujeres realmente? Cuando elijan lo mismo que los hombres, obviamente…

Pero es que si miramos el tema con un poco de sensatez veremos que, en el fondo, el problema no es un problema de género sino un problema de sistema laboral y de valores. Tenemos un modelo de trabajo que podemos llamar “modelo tiburón” que dice que tenemos que vivir para trabajar y hay otro modelo que consiste en trabajar para vivir, en que es bueno tener una vida… Tal vez lo que está mal no son las elecciones que están haciendo las mujeres sino el sistema de valores en el que vivimos inmersos tanto hombres como mujeres y que no es bueno para ninguno de los dos. También muchos hombres abandonan ese modelo buscando trabajos que les permitan tener una vida.

Sí, ya sé que valorar la maternidad, la familia y los amigos pone en guardia al feminismo y levanta las sospechas de que podamos volver a lo de antes, a que la mujer debe quedarse en casa y cuidar a los niños. Ante esto mi posición es que creo que tenemos que dejar de pelear la “guerra de ayer”. Esa guerra ya está ganada. Yo no conozco a nadie que eduque a sus hijas diciéndoles que no estudien y que se dediquen a buscar un marido y a quedarse en casa. Creo que es hora ya de que luchemos la guerra de hoy (y la de mañana) y que busquemos un mundo laboral menos loco y más sano para todos porque el que tenemos actualmente no es bueno para nadie.

@pitiklinov

PS- Susan Pinker acaba de publicar un artículo resumiendo las ideas que expresa en el libro















sábado, 7 de octubre de 2017

Suicidio en animales

La pregunta de si los animales son capaces de cometer suicidio no es desde luego nueva. Ya Aristóteles habló del tema y Claudio Eliano en su libro De Natura Animalium, en el siglo II de nuestra era, describe 21 casos de suicidio en animales. En esta entrada voy a seguir fundamentalmente la revisión que Antonio Preti  hizo de este tema en 2007. Vamos a ver los tipos de fenómenos en la conducta de los animales que tienen alguna semejanza con el suicidio humano e intentaremos sacar alguna conclusión al respecto. 

Suicidio Celular

En la búsqueda bibliográfica realizada por Preti muchos de los artículos recuperados tenían que ver con los mecanismos de muerte celular programada (apoptosis y autofagia) y los llamados genes del suicidio, genes que activan los mecanismos de autodigestion celular. Esta forma de concebir el suicidio se refiere a “eventos autoiniciados en un organismo que terminan con la muerte o destrucción de la entidad en la que empezó dicho evento”. Por supuesto, a nivel celular no hay intención de producir la muerte sino que estos eventos son resultado puramente de acciones precipitadas por cambios en el ambiente bioquímico. No podemos encontrar aquí mucha relación con la concepción habitual del suicidio como “lesiones o heridas auto infligidas con las que el sujeto pretende matarse a sí mismo”. En esta entrada hablamos del suicidio en las bacterias (se ha demostrado que las bacterias se suicidan cuando son afectadas por un virus lítico) y es muy interesante este tipo de suicidio desde el punto de vista evolutivo. Con los organismos multicelulares aparece la muerte como tal y también el suicidio celular. Todas las células de un organismo multicelular tienen el mismo ADN y por lo tanto la muerte de algunas de ellas para el beneficio del individuo en su conjunto se explica fácilmente. Pero no vamos  a tratar este tipo de suicidio.

Automutilaciones y Autolesiones

Muchos animales a los que se les encierra reaccionan con autolesiones o negándose a comer (en zoos, por ejemplo). Situaciones estresantes como hacinamiento, aislamiento, separación, etc., sobre todo cuando se perciben como incontrolables, dan lugar a conductas peligrosas para el propio organismo. Diversos tipos de monos se autolesionan cuando se ven en cautividad, y en esto hay una semejanza con el aumento de autolesiones y suicidio en las cárceles. El elemento común en todas estas situaciones parece ser el estrés y las alteraciones del eje hipotálamo-hipofisario que da lugar a una serie de trastornos en mecanismos del sistema opioide central y periférico. Todo este tipo de conductas tiene un parecido también con las que se ven en humanos que sufren trastornos de personalidad y se observan también en niños con diversas formas de retraso mental, en particular en trastornos congénitos como el síndrome de Lesch-Nyhan, el de Cornelia de Lange o el Prader-Willi. 

La automutilación ocurre también en muchos mamíferos (conejos, ratas, caballos…) en pájaros y se ha informado incluso de conductas de autofagia y canibalismo en pulpos. De nuevo, no podemos equiparar las autolesiones o automutilaciones al suicidio pero aquí ya la línea divisoria es algo más borrosa en el sentido de que en humanos las autolesiones pueden preceder, favorecer (ver el modelo de Joiner del suicidio) o conducir a un suicidio, aunque sea involuntariamente.

Autosacrificio altruista en humanos y animales

La conducta altruista que muestran muchos animales se parece estrechamente a la conducta suicida en humanos. Se ha documentado en los Inuit y en otros pueblos de la antigüedad que los sujetos ancianos se mataban a sí mismos o se dejaban morir , sobre todo en épocas de escasez, para no ser una carga para sus familiares (esta muerte del individuo para el beneficio del grupo recuerda a la de las células para el beneficio del organismo en su conjunto de la que hablábamos más arriba). Dar la vida por la tribu, la nación o la patria en las guerras se ha admirado y promovido desde siempre. También muchas veces las personas con depresión justifican su suicidio  como una forma de aliviar la carga y el sufrimiento de sus familiares. En algunos estudios se ha encontrado una relación entre la puntuación en altruismo y la puntuación en ideación suicida: a mayor tendencia a tener en cuenta las necesidades de los demás e ignorar las propias, mayor tendencia a ser atraídos por la muerte y menos por la vida.

Estas tendencias altruistas se podrían haber seleccionado genéticamente porque benefician al grupo , tanto desde un modelo darwinista puro (Hamilton y la inclusive fitness) como desde la selección de grupo. En este sentido hay que olvidarse del suicidio de los lemmings por el bien del grupo, popularizado por Disney, que desde luego no es tal y se debe a la emigración masiva en todas direcciones. 

Parásitos multihuésped

Los parásitos pueden a veces alterar la conducta del huésped de manera que esta conducta favorezca la propagación de dicho parásito. Por ejemplo, las bacterias y virus nos pueden provocar tos, estornudos o diarreas que les ayudan a diseminarse por la población. Pero un caso muy especial del que hemos hablado en el blog es el de los parásitos multihuésped. Estos parásitos tienen un ciclo vital muy complicado en el que van pasando por varios huéspedes hasta llegar a cerrar el ciclo y volver al huésped inicial. En muchas ocasiones la forma de llegar al huésped inicial es provocar conductas suicidas en el último huésped que hacen que sean devorados por el huésped inicial. Un ejemplo sería el Toxoplasma gondii que hace que los ratones pierdan el miedo a los gatos y sean víctimas fáciles para ellos. Otros ejemplos serían el hongo Ophiocordyceps unilateralis y el trematodo Dicrocoelium dendroticum que manipulan el cerebro de las hormigas, o los gusanos Gordiacea que infectan saltamontes y hacen que el saltamontes se suicide arrojándose al agua (conducta totalmente anómala en un saltamontes). En este vídeo puedes ver al saltamontes saltar al agua para que el gusano salga y vuelva a su medio. 
La infestación por parásitos podría ser que explicara también algunos suicidios de ballenas y de cabras (Alpine ibex) que se arrojan por precipicios. 

Algunos autores definen como suicidio también la muerte de los machos durante la copulación en algunas especies, como es el caso de la mantis, donde el macho es muerto por la hembra que suele ser más grande y agresiva. Esto ocurre también en especies de arañas (Latrodectus hasselti) donde los machos que son canibalizados copulan durante más tiempo y fertilizan más huevos que los que no lo son. 


Muerte por ayuno

Este fenómeno es probablemente el que más se acerca al suicidio humano en el que la desesperanza es un ingrediente fundamental. Hay muchas historias de perros y gatos que se niegan a comer ante la muerte del amo. En estas circunstancias se ha descrito un cuadro de malnutrición, infección y muerte. En humanos ocurren a veces casos parecidos en viudos tras la muerte de la pareja. En esta entrada ya hablamos del tema del duelo en animales. Se ha planteado, sin embargo, que en algunos casos la muerte no se debería al ayuno sino al rechazo del animal a ser alimentado por gente extraña.

Conclusiones

En la mayoría de los fenómenos revisados, es difícil hablar de intención deliberada de morir como tal, que es lo que consideramos suicidio: una acción iniciada por el sujeto con pleno conocimiento del fatal resultado. Pero aquí nos metemos en terreno pantanoso porque es muy dudoso que personas afectadas por un trastorno mental grave (una depresión o una psicosis) tengan una conciencia plena de lo que están haciendo. El suicidio no siempre es racional.

Por otro lado, en las situaciones de estrés que hemos comentado antes, tanto otros animales como los humanos buscan acabar con el sufrimiento que sienten sin planteamientos a más largo plazo. Además, tampoco sabemos hasta qué punto llega la autoconciencia de los animales, no podemos estar seguros de que los animales no son conscientes de sentimientos de angustia, desesperanza o rabia que a veces son el motor del suicido. Por ejemplo, en los experimentos de indefensión aprendida los animales aprenden que sus esfuerzos son en vano y dejan de luchar, y también hay datos de que los animales pueden planificar hasta cierto punto el futuro. Podríamos, incluso, comparar la muerte de animales debidas a un control de su cerebro por un parásito con la muerte de pacientes por un delirio de que pueden volar o ideas similares.

Especulaciones aparte, la conclusión provisional que podemos sacar es que la mayoría de los informes son anecdóticos y que no podemos hablar con seguridad de conductas en animales equivalentes al suicidio humano. Pero tampoco podemos rechazar a priori esta posibilidad. Es un tema que necesita un estudio en profundidad e investigaciones más sistemáticas. Para cerrar, os dejo una tabla con los tipos de fenómenos observados y las conductas equivalentes en humanos y en otros animales.

@pitiklinov

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jueves, 28 de septiembre de 2017

Libre albedrío y necesidad de castigar

Volvemos de nuevo al eterno tema del libre albedrío, pero en este caso de una manera indirecta. No vamos a entrar en el debate filosófico de si existe o no existe sino de cuál puede ser su función u origen. En un reciente artículo, Clark y cols. proponen que el libre albedrío sirve para justificar los impulsos a castigar al hacer a los que infringen las normas moralmente responsables, y así justificamos su castigo sin sufrir el estrés que hacer daño a un semejante implica.

Castigar es a menudo aversivo porque es hacer daño a una persona y hay una norma moral universal que dice que hacer daño a los demás está mal. Hay datos de que tenemos una aversión innata a hacer daño a un semejante y que hacer daño, o simplemente pensar en ello, produce reacciones negativas fisiológicas y emocionales. Incluso los nazis tuvieron que buscar estrategias para conseguir superar la empatía innata que despierta en nosotros el sufrimiento humano. Los soldados que participaban en los asesinatos de judíos sufrían ansiedad grave, pesadillas, trastornos gastrointestinales, etc. y las autoridades recurrían a estrategias como administrarles alcohol. Posteriormente se buscaron mecanismos que pusieran distancia entre el verdugo y la víctima para que los asesinatos fueran más fáciles de llevar a cabo. Hay también testimonios de cómo incluso en las guerras a los soldados les costaba disparar contra el enemigo. Es muy famosa la anécdota que cuenta George Orwell de la guerra civil española en la que en una ocasión descubrió a un enemigo subiéndose los pantalones después de hacer sus necesidades y que no fue capaz de disparar porque no pudo ver en él a un fascista sino a una criatura semejante a él mismo.

En el caso del castigo, que es una forma de daño, nos encontramos con una situación de ambivalencia. Por un lado, es absolutamente necesario para la supervivencia de una sociedad que  castigue a los individuos que se saltan las normas y en este caso la sociedad invalida esa norma universal que comentábamos de no hacer daño al prójimo. El castigo es un daño justificado moralmente por lo que podríamos pensar que no produce reacciones aversivas, pero esto no es así. Por un lado, es verdad que se dice que “la venganza es dulce” y que castigar a alguien que ha hecho algo malo activa el circuito de recompensa del cerebro, es decir, que produce placer. Pero también es cierto que aunque teóricamente sepamos que hay que castigar, hacerlo cara a cara no resulta fácil. Sabemos que personas que han participado en un jurado que ha sentenciado a muerte al acusado sufren pesadillas y problemas emocionales que duran meses. Verdugos que han realizado ese trabajo en nombre de la sociedad también tienen con frecuencia problemas mentales. Castigar a otros se ha asociado a depresión, estrés y menor satisfacción con la vida. Por lo tanto, el castigo supone un dilema que hay que solucionar.

Los autores del artículo lo que plantean es que hay que hacer el castigo más aceptable y que el libre albedrío sirve precisamente para eso, para facilitar el castigo y para aliviar el malestar que produciría hacer daño a otro ser humano. A pesar de que filósofos y psicólogos llevan siglos sin ponerse de acuerdo, la gente de la calle lo tiene muy claro: el libre albedrío existe. ¿Por qué la gente normal está de acuerdo y tiene resuelto el debate filosófico más complicado de todos los tiempos? Clark y cols. proponen que una de las causas de ese consenso es la necesidad de castigar. Para poder castigar tiene que estar justificado hacerlo y es de sentido común que no se puede castigar a la gente por cosas de las que no son responsables, por conductas que no han elegido libremente. A los niños o a enfermos mentales no se les considera responsables y si no creyéramos en el libre albedrío habría que extender esa inocencia a todo el mundo. La creencia en el libre albedrío permite ver a los demás como responsables de sus acciones. Por eso decíamos más arriba que castigar puede producir placer pero para ello tiene que estar justificado  y en ese caso sí puede producir una gran satisfacción.

En el artículo que comentamos los autores realizan cinco experimentos en los que no vamos a entrar. Algunos de ellos son sólo correlacionales y otros son experimentos de laboratorio en los que utilizan un juego económico en los que alguien hace algo injusto pero se manipula el grado de libertad o intencionalidad con el que lo hace. Resumiendo, lo que se observa es que la gente sufre malestar y ansiedad cuando castiga pero sólo si  el agredido no eligió libremente su acción. Cuando de diversas maneras se aumenta la creencia en el libre albedrío se disminuye el malestar que produce castigar.

Si los resultados de este estudio son ciertos parece que podría tener razón Nietzsche que fue el primero en avanzar esta hipótesis como vemos en la figura. Desde el punto de vista evolutivo, estos resultados sugieren que los humanos han podido desarrollar una propensión para creer en el libre albedrío porque permite a la gente superar la aversión a hacer daño a la hora de castigar, siendo el castigo una necesidad de los grupos humanos. En otras palabras, la gente que creyó en el libre albedrío tenía más deseos de castigar a los demás y esto impidió que los delitos y el desorden se extendieran por el grupo. Los grupos en los que no se creyó en el libro albedrío habrían tenido un menor éxito reproductivo y habrían desaparecido.

@pitiklinov

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jueves, 21 de septiembre de 2017

La indignación moral en la era digital

Hablábamos en la entrada anterior de la epidemia moralista que recorre Occidente, de esa especie de Olimpiada moral en la que cada día hay que batir los récords morales del día anterior y decíamos que era un fenómeno digno de estudio. El artículo que voy a comentar en esta entrada creo que nos da cuando menos una explicación parcial de este fenómeno. Se trata de un artículo de Molly Crockett, una investigadora especializada en temas relacionados con la moralidad, que se titula como esta entrada. La indignación moral es una poderosa emoción que motiva a la gente para avergonzar y castigar a los que se portan mal. Tiene un lado positivo: aumentar la cooperación y controlar a los malos. Pero el castigo tiene también un lado negativo: empeora el conflicto social al deshumanizar a los otros y lleva a una escalada en las contiendas. La indignación moral es tan antigua como la civilización pero lo que Crockett  plantea es que los medios digitales, Internet y las redes sociales, han cambiado por completo la expresión de la indignación moral de tres maneras principales: a) exacerban la expresión de la indignación moral al inflar los estímulos que la desencadenan, b) reducen los costes de la expresión de la indignación moral, y c) amplifican los beneficios personales

Disparadores de la indignación moral

La gente se indigna cuando piensa que una norma moral ha sido violada. Pero en la vida diaria no se observan muchas violaciones de las normas. Un estudio en EEUU y Canadá encuentra que en menos del 5% de las experiencias de la vida diaria se experimenta o presencia un acto inmoral. Pero Internet nos expone a grandes cantidades de actos inmorales, desde las prácticas corruptas de Wall Street, al tráfico de niños en Asia o al genocidio en Africa y la lista sería interminable. El bombardeo de actos inmorales es continuo. Antes de Internet era el cotilleo el que extendía las noticias de las malas acciones pero su alcance era limitado. Hay estudios de que en Internet se comparten más las noticias que disparan emociones morales como la ira por lo que compartir ese tipo de material genera beneficios en el sentido de likes y retuits. 

Me voy a detener en un tema que toca Molly en este punto porque creo que es muy interesante, el de los estímulos supernormales porque es un concepto evolucionista muy potente que nos ayuda a entender muchas cosas de nuestra cultura. Está explicado en esta entrada pero lo resumo brevemente. Un estímulo supernormal es un estímulo artificial que exagera las características del estímulo natural haciéndolo irresistible y mucho más atractivo para el animal que el estímulo natural. Por ejemplo, a un ave que incuba huevos azules se le pone un huevo más grande y más azul y el ave se esfuerza por incubar el huevo artificial abandonando su propio huevo y sus crías. Un donuts de chocolate es un estímulo supernormal que exagera los rasgos dulces por los que nos sentimos atraídos de forma natural. Unos pechos de silicona son un estímulo supernormal y el programa Gran Hermano es un estímulo supernormal que sacia nuestro gran apetito por la información social. 

Lo que Molly plantea es que las redes sociales son estímulos supernormales para la indignación moral y disparan una indignación moral mayor de la que dispararían los estímulos de la vida diaria. No uso otras redes sociales aparte de Twitter pero está claro que a Twitter esta consideración de estímulo supernormal para la indignación moral le viene como anillo al dedo. Resumiendo, los medios digitales transforman la indignación moral al cambiar tanto la naturaleza como la prevalencia de los estímulos que la disparan

La experiencia y expresión de la indignación moral

La violación de las normas morales hace que la gente experimente indignación moral y la exprese vía cotilleo, culpabilización y castigo. Los medios digitales pueden alterar esta expresión de maneras contrapuestas. Por un lado, es posible que se produzca una fatiga  al estar expuesto continuamente a los estímulos de actos inmorales pero por otro lado, hay estudios de que dar rienda suelta a la ira engendra más ira, es decir, la expresión de indignación moral favorece la subsiguiente expresión de más indignación moral. Hacen falta más estudios para saber cuál de estas dos posibilidades predomina.

La gente exprese su indignación moral de diversas maneras según el esfuerzo que se requiera y las limitaciones que existan. En la vida real hay que cotillear o enfrentarse a los malos o incluso llegar a la agresión física, lo que implica riesgos. Pero en el mundo digital se puede expresar la ira tecleando una frases en un momento desde la comodidad de nuestra habitación. Por tanto, el umbral para expresar la ira es seguramente mucho más bajo que en el mundo real. Por otro lado, expresar la indignación en persona requiere una proximidad física, pero en Internet la expresión de la indignación no está limitada por la ubicación geográfica, la hora ni otras consideraciones. Un caso paradigmático es el de Justine Sacco

Esta facilidad plantea la intrigante posibilidad de que la gente pueda expresar indignación moral incluso sin sentirla, es decir, sin que experimenten realmente la indignación que su conducta en la red implica. Por supuesto, es también posible que  la gente busque simplemente señalar virtud ante los demás de forma interesada. Igual que hay gente que picotea continuamente sin tener hambre se podría expresar indignación moral sin sentirla. También se da otra circunstancia interesante y es que las recompensas en las redes (en forma de likes, retuits, etc.) ocurren de forma impredecible y es conocido que ese patrón  de refuerzo promueve las conductas adictivas

Costes y beneficios de la indignación moral

Como decíamos, la expresión de la indignación moral implica riesgos. En la vida real al castigar puede haber una retaliación pero en el mundo digital es diferente. La gente suele estar aislada en cámaras donde intercambia información principalmente con gente de su misma cuerda y además uno se pierde en la masa cuando son muchos los que muestran la indignación. 

Otro coste de la expresión de la indignación es el malestar empático: culpar y castigar a los demás implica hacer daño a otro ser humano lo que es desagradable para nosotros de forma natural. El mundo digital reduce este estrés al presentar a las personas  por iconos bidimensionales y así su sufrimiento es menos visible. Es más fácil castiga a un avatar que a alguien cuya cara y dolor estamos viendo personalmente.

A pesar de los costes, la gente está motivada para castigar. Una razón es que expresar indignación beneficia al sujeto ya que señala su calidad moral a los demás. El hecho de que uno está más dispuesto a castigar cuando otros están mirando indica una preocupación por la reputación que alimenta nuestro apetito por la indignación moral. Obviamente, las redes amplifican enormemente el efecto sobre la reputación porque en el mundo real sólo van a observar nuestra virtud unas pocas personas mientras que en Internet será toda la red social e incluso más allá. Un simple tuit puede llegar a millones de personas. 

Expresar indignación moral no sólo beneficia a los individuos sino que puede beneficiar a toda la sociedad al señalar a todo el mundo las conductas que son inaceptables. Pero los medios digitales limitan los beneficios potenciales de la indignación moral de varias maneras. Primero, la separación en cámaras que decíamos hace que el mensaje no llegue a las dianas deseadas y que cambien su conducta porque ellos están en otro submundo digital. Segundo, al bajar el umbral para la expresión de la indignación se puede perder la distinción entre lo meramente desagradable y lo realmente odioso. Tercero, expresar indignación on-line puede hacer que la gente se implique menos en las causas sociales en el mundo real, por ejemplo con donaciones o con voluntariados. 

Por último, existe el serio riesgo de que la indignación en la era digital profundice las divisiones. Un reciente estudio encuesta que el deseo de castigar a otros les hace menos que humanos, los deshumaniza. Por ello, si los medios digitales exacerban la indignación moral pueden aumentar la polarización social al deshumanizar a los del otro bando, a las dianas de nuestra indignación. La polarización está aumentando a un ritmo alarmante en EEUU y en muchos otros lugares con una disminución asociada en la confianza. Si los medios digitales aceleran este proceso, corremos un gran riesgo si lo ignoramos.

A modo de conclusión es muy probable que la indignación moral sea un fuego e Internet su gasolina. Creo que el análisis de Crockett es muy acertado y que los medios digitales nos explican en parte la gran explosión moral que estamos presenciando y de la que hablábamos en la entrada anterior. Evidentemente, no explica el fenómeno en su totalidad pero no olvidemos que aunque toda esta explicación se refiera al mundo digital, el mundo real es cada vez más una extensión del mundo digital y no al revés. Lo que ocurre en el mundo real se ha cocinado antes en Internet, se retransmite mientras ocurre y se cuenta y analiza después de que ha ocurrido en las redes. Cada vez vivimos más en y para el mundo digital. Todos estos datos que hemos comentado deberíamos utilizarlos para entender que las nuevas tecnologías pueden transformar las ancestrales emociones sociales de ser fuerzas para el bien común a convertirse en herramientas para la autodestrucción colectiva.

@pitiklinov

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martes, 19 de septiembre de 2017

Del Nuevo Ateísmo a las Nuevas Religiones


El cerebro segrega pensamiento como el hígado segrega bilis.
- Pierre-Jean-George Cabanis (1802)

Hubo un tiempo en que se decía -y algunos todavía lo dicen- que Dios era el soporte de la moral y que si Dios desaparecía, el mundo se convertiría en una nueva Sodoma y Gomorra, en un lugar de depravación e inmoralidad inhabitable. En esta entrada propongo que lo que estamos viviendo hoy en día demuestra bien a las claras que esto no es cierto. Hace tiempo que Dios ha muerto pero la moralidad goza de una salud excelente, yo diría que excesiva.

Hace unos años se puso de moda el Nuevo Ateísmo de la mano de los famosos cuatro jinetes del apocalipsis: Richard Dawkins, Daniel Dennett, Christopher Hitchens y Sam Harris. Aparecían con frecuencia en los medios pero Hitchens falleció, Dawkins desde sus problemas de salud tiene un perfil muy bajo, Dennett está desparecido en combate y el único que sigue activo es Sam Harris. Llegaron a tener un impacto en la sociedad pero su influencia ha desaparecido. Su lugar ha sido ocupado, paradójicamente, por Nuevas Religiones como el feminismo, el altruismo efectivo, los guerreros por la justicia social, lo políticamente correcto, etc.

Una religión es una estructura compleja  con muchos componentes. Uno de los ingredientes más obvios es la creencia en seres sobrenaturales. No es en ese sentido en el que hablo de nuevas religiones. Sabemos también que la religión cumple otras funciones sociales como unir al grupo (se dice que religión viene de religare -unir- pero no sé si es cierto) y favorecer la colaboración entre los miembros de una sociedad. También sienta las normas de conducta por la que deben regirse sus miembros y sabemos que ese papel de control social se potenció cuando las sociedades se hicieron más grandes y había que interactuar con desconocidos. Los dioses de los cazadores recolectores no se metían en la vida de la gente pero lo que apareció con la época de los reinos y los imperios posteriores a la agricultura fueron unos grandes dioses que sí tenían una agenda moral y se encargaban de vigilar que todo el mundo hiciera el bien y de castigar los actos moralmente ilícitos.

Es en este sentido en el que hablo de religión, en el de un sistema de creencias y de normas morales que no pueden ser discutidas, en el de la existencia de un dogma, de una ortodoxia y de unos mecanismos dedicados a vigilar y castigar al que viola las normas. Es en ese sentido en el que parecen estar surgiendo nuevas religiones como hongos. Por poner un ejemplo de dogma referido al feminismo, hace un tiempo el Pais informaba de un estudio coordinado por la Secretaría de Estado de Seguridad, en el que participa un equipo de criminólogos y psicólogos, para averiguar las causas de los homicidios de pareja. Muchas feministas protestaron la conveniencia de ese estudio dado que ya sabemos la causa (el machismo) así como la solución (más feminismo). Jesús Zamora Bonilla trató de forma excelente este tema.

La búsqueda de la virtud y de la santidad es una característica de nuestra época. Por ejemplo, si hablamos del altruismo efectivo, hay gente que se ha dedicado a una carrera en bolsa (en lugar de algo que personalmente les atraía más) porque eso les permite tener más ingresos y donar así más dinero a las organizaciones benéficas más eficaces y hacer así el mayor bien posible, que es el objetivo (aunque ahora se cuestiona si trabajar para Wall Street y así donar más dinero es bueno) . Ha aparecido un nuevo derecho que es el derecho a no ser ofendido pero como no todos pensamos igual siempre existe la posibilidad de decir algo que sea ofensivo para alguien así que la mejor manera de no ofender es no decir nada. Y en EEUU está en todo su esplendor un debate sobre la libertad de expresión y sus límites, libertad que se quiere restringir. Dios no existirá pero no dejan de aparecer nuevos pecados: comer carne, fumar, ir en coche a trabajar…

No entro a discutir la calidad moral o no de todas estas cosas, sólo describo una situación que a mi modo de ver se caracteriza por una hipertrofia de la moral, por un boom moral que afecta a cada vez más esferas de la vida y que puede llegar un momento en que sea asfixiante. En las universidades americanas la gente tiene ya miedo de hablar y va por los pasillos mirando al techo para no hacer algo que sea malinterpretado aunque también no mirar a la gente puede ser probablemente una ofensa.

Parodiando la cita de cabecera, podemos decir que el cerebro humano produce religión, dioses, y normas morales igual que el hígado produce bilis. Está claro que Dios no es la causa de las normas morales  sino más bien una consecuencia. Porque Dios ha muerto pero cada vez menos cosas están permitidas. Dios ha muerto pero cada vez hay más mandamientos, dogmas e Inquisición. Dios ha muerto pero cada vez hay más pecados. Un fenómeno digno de estudio.

@pitiklinov


domingo, 17 de septiembre de 2017

Lo frecuente es bueno

Las normas morales son las nociones compartidas en una sociedad acerca de lo que está bien y lo que está mal y sirven para regular las conductas sociales en todos los aspectos de la vida humana. Como hemos visto con frecuencia en el blog, la teoría de la evolución nos da explicaciones convincentes de la existencia de la moralidad y las normas morales, pero hay un aspecto que es menos comprendido y es el del cambio de los juicios morales a lo largo del tiempo. En esta entrada vamos a comentar un artículo que hace una aportación interesante a este problema. Lindström y cols proponen la existencia de un heurístico que consiste en deducir el valor moral de una conducta a partir de su frecuencia, lo llaman “lo frecuente es bueno” (common is moral). 

Un heurístico es un procedimiento, algoritmo o regla que nos ayuda a tomar una decisión cuando encontrar la solución óptima a un problema es muy complicado. Digamos que es un atajo que nos permite llegar a una buena decisión en la mayoría de las ocasiones, aunque no sea perfecto. Un ejemplo sería el “heurístico de la disponibilidad”, por ejemplo cuando queremos saber el tamaño de una ciudad. Si nos preguntan las ciudades más grandes de Alemania deduciremos que los nombres que nos vienen a la cabeza son los de las ciudades más grandes y en general acertaríamos. Lo que hacemos es sustituir el atributo tamaño por el atributo nombres que nos vienen a la cabeza. En el caso del heurístico “lo frecuente es bueno” sustituimos “valor moral” por “frecuencia conductual”.

Las normas morales cambian en el tiempo. Por ejemplo, un estudio realizado en Sudáfrica ha encontrado que la evasión de impuestos se considera en 2014 un 48% más justificable que en 1981. Sin embargo, en Méjico en el mismo período la evasión de impuestos se considera un 35% menos justificable. Hace años fumar se consideraba una preferencia personal y ahora se considera en muchos sitios y por muchas personas como moralmente malo. Las relaciones prematrimoniales se consideraban antes como la violación de una norma moral y ahora se consideran totalmente normales. Es decir, hay cosas que antes eran moralmente neutras que se moralizan y otras que están moralizadas y dejan de estarlo. Este proceso se llama moralización, lo ha estudiado Rozin y ya hemos hablado de él

Pero este proceso de moralización y de cambio de normas morales es muy interesante porque da lugar a tensiones y conflictos en las sociedades al no producirse en todos los individuos a la misma velocidad. Actualmente estamos viendo cómo algunos individuos o sectores han moralizado el consumo de carne o los eventos taurinos mientras otros sectores de la población son todavía refractarios a este cambio de normas morales. Estas diferentes velocidades morales son peligrosas por el riesgo de aparición de conflictos cuando las personas pertenecen a universos morales diferentes como vimos en esta entrada sobre el genocidio. No vamos a entrar ahora en ese tema porque lo que nos interesa simplemente es que las normas morales cambian y que sabemos poco sobre esos cambios.  

Los autores de este trabajo plantean que la gente utiliza la frecuencia de las conductas como base para deducir su valor moral. Esta conjetura se basa en todo un cuerpo teórico que es el de la influencia social por el que sabemos que la gente cambia su conducta debido a la influencia de personas con otras conductas diferentes. Un campo de esta influencia social es el de la conformidad, estudios que ya inició el pionero Solomon Asch, en los que se ve que la gente se deja influir por lo que dice la mayoría, el número importa. Expertos en evolución cultural como Richerson y Boyd han demostrado que los humanos imitamos lo que hace la mayoría y también imitamos lo que hacen las personas de éxito, las de alto estatus y prestigio. Lo que en este trabajo se demuestra es que la conformidad afecta también a las normas morales.

No vamos a entrar en la metodología de la investigación de estos autores que consiste en nueve estudios diferentes basados en el Public Good Games donde los participantes tienen que juzga la moralidad de acciones egoístas y altruistas mientras los investigadores tienen la capacidad de manipular las frecuencias de estas conductas. Lo que los investigadores encuentran es lo siguiente:

  • La frecuencia relativa de las conductas afecta a su valoración moral

  • Las conductas frecuentes se ven como más buenas moralmente y menos merecedoras de castigo. Las conductas egoístas se ven siempre como más merecedoras de castigo pero menos si son frecuentes.

  • Los juicios de conductas frecuentes se hacen de forma más rápida que los de conductas raras.

  • El heurístico “Lo frecuente es bueno” explica tanto la estabilidad de las norma morales como el cambio de estas normas. Si un número suficiente de individuos empiezan a realizar conducta que violan las normas morales esta conducta se verá cada vez como más buena moralmente y si pasa de cierto umbral se generalizaría y se produciría el cambio de valores. Vemos la existencia de un mecanismo de retroalimentación: a más frecuencia más bondad lo que lleva a su vez a mayor frecuencia de la conducta y así sucesivamente.

  • La influencia social se debe a la frecuencia de las conductas (esto lo demuestran con una simulación de un modelo y su análisis estadístico)

  • La gente es conformista no solo a nivel conductual sino a nivel moral

  • El heurístico “Lo frecuente es bueno” es suficiente para explicar el cambio de normas morales. Si un número suficiente de individuos entra en ese mecanismo de retroalimentación que hemos descrito. Los autores no dicen que “lo frecuente es bueno” sea la única causa de los cambios morales (hay otras como razonamiento moral, percepción de daño, etc.) pero la fuerza de este heurístico es tal que en sus modelos es suficiente para generar el cambio.


Este heurístico “lo frecuente es bueno” es una aportación importante por otra razón además de la de explicar el cambio de normas morales y es porque nos ayuda a entender la Falacia naturalista. La Falacia naturalista consiste en creer que lo que “es”, lo que es natural, es también lo que “debe ser”. Es decir, que de un hecho deducimos un valor moral. Lo “frecuente es moral” nos proporciona un mecanismo psicológico por el que conductas que son frecuentes se transforman en conductas buenas. Se mezclan dos planos lógicos distintos (el de la realidad y el de los valores), lo que es evidentemente un error, pero la existencia de este heurístico nos explica lo tremendamente frecuente que es este error de mezclar valores y hechos. Hay un sesgo similar al que estamos tratando aquí que se conoce como sesgo de la existencia (existence bias), según el que la gente prefiere las cosas que existen, las ven de forma más favorable que las alternativas. Por tanto, lo que existe, el statu quo, se asume como bueno, atractivo y deseable. Realmente, estos sesgos cognitivos parece que sí nos abren el camino hacia una explicación psicológica de la existencia de la Falacia naturalista.

Sin embargo, creo que “lo frecuente es bueno” nos ayuda a entender la causa próxima del cambio de valores o normas morales, pero no nos ayuda a explicar la causa última. Es decir, la pregunta última sería “¿por qué algo se hace frecuente?” “¿por qué algo se moraliza?”. Los autores sugieren que sí, que este heurístico puede explicar la moralización, que de dos cosas neutras moralmente, una de ellas se puede hacer más frecuente al azar y establecerse como un valor moral. Personalmente no lo veo claro. Una vez que algo se hace frecuente es verdad que este mecanismo psicológico de imitar lo más frecuente y de considerarlo bueno nos aclara muchas cosas. Pero no todo lo frecuente se considera bueno ni todo lo raro malo. ¿Por qué unas cosas se moralizan y otras no? ¿por qué algunas cosas consiguen extenderse en la población y pasar ese umbral crítico para conseguir reemplazar unos valores por otros y otras conductas no lo consiguen? ¿Podemos coger cualquier conducta y hacerla frecuente y por tanto que sea considera buena? Mi impresión es que “lo frecuente es bueno” no puede llegar tan atrás. 
Creo que esos cambios iniciales responden a un cambio en la realidad social y que no son aleatorios. Por ejemplo, en el caso que hemos comentado al principio del cambio en la valoración de la evasión de impuestos en Sudáfrica y Méjico en distintas direcciones creo que eso se deberá probablemente a cambios sociales en esos países. Pero es un campo muy interesante para nuevas investigaciones.

Nos faltaría, para acabar, decir algo sobre el origen evolutivo de este mecanismo psicológico que nos lleva a pensar que lo frecuente es bueno. Las normas sociales sirven para coordinar las acciones de un grupo y para favorecer la colaboración. Para coordinar la acción de un grupo en caso de conflicto hay que decidir en qué bando se pone uno y decidirlo rápido para evitar una parálisis a la hora de actuar. Estar en el lado equivocado de un conflicto puede tener unos costes muy elevados y ésta parece la explicación del “lo frecuente es bueno”. A la postura más frecuente se le adjudicaría un mayor valor moral y así el grupo podría coordinar su acción de manera rápida y eficaz. Los hallazgos del estudio de que  los juicios morales de conductas frecuentes se hacen con mayor rapidez apoya esta idea de que escoger bando sería más rápido cuanto más grande es la mayoría y así se evitaría el coste de estar en el lado equivocado.

@pitiklinov

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